En marzo de un año cualquiera nos juntamos ocho personas en la T1 de Barajas con la intención de celebrar el paso del Ecuador de la carrera en Marrakech. Cercano, barato y con acceso a drogas de esas que llaman blandas, como si el simple adjetivo les quitara peso…
Creo que ninguno de nosotros sabría decir cómo es Marrakech en esencia, si la tiene, pero desde luego, teníamos claro que cuando nos fuimos, no era el mismo sitio que cuando llegamos. Cada uno de nosotros lo había pintado con sus sentimientos y experiencias y ya no podría verlo con los ojos atentos y en guardia del primer día.
La azotea del Hotel Mimosa era otro de tantos tejados rojizos que saludaban a las estrellas cada noche cerca de la animada plaza Jamaa el Fna y Hassan uno de lo muchos jóvenes que sobrevivían haciendo trabajos de chico-para-todo con más ilusión que esfuerzo, pero nunca más serían sólo eso. No desde que esos ocho jóvenes establecieron en esa azotea su cuartel general desde el cual cada noche abrazaban a la vida y a lo que viniera, vistiendo la oscuridad de risas y anécdotas que sobrevivirán aún mucho tiempo en las memorias de las señoras de la limpieza, malditos nosotros, que se enfrentaban con valor a nuestras consecuencias.
Las diferencias que uno puede encontrar entre ciudades como Madrid, Berlín o incluso Nueva York palidecen ante el cambio que supone el salto a otro mundo como era aquel. Parece que su forma de vida fuera más fuerte que la nuestra, menos influenciable, más pura. Han cogido de occidente lo que les interesa y han seguido disfrutando de la vida clásica, tanto, que no se puede evitar pensar que Marrakech es inmune al estrés. Las parabólicas de plástico compiten con el musgo en los recovecos de los tejados de hogares en pueblos perdidos en el Atlas marroquí; tiendas sin puertas, con columnas de reproductores de DVDs y minicadenas apiladas, de apenas un par de metros cuadrados, conviven en total sintonía con los olores de colores que vienen de los miles de tipos de especias cuidadosamente colocadas para parecer desordenadas en el puesto de al lado, en precario equilibrio entre lo desvencijado y lo cutre.
Al lado, un apacible anciano engalanado con una chilaba blanca observa, sin dejar de escuchar su MP3, cómo las motos atraviesan las sombras que vuelcan sobre el suelo los minaretes de mezquitas, atestadas a esas horas, en una inexplicable fusión entre la vida de ayer y la de mañana. Motos que viajan por una ciudad sin reglas ni semáforos, donde la gente conduce con el claxon de copiloto, y se aventuran con temeraria velocidad por calles, por así llamarlas, por donde apenas cabría una pareja enamorada de la dorada luz de aquellos atardeceres. Calles por las que alguien podría perderse de noche, en una laberíntica pesadilla ingenua y acabar comprando whisky de contrabando con sabor a algo con ecos de ginebra por el mismo dinero por el que venderías a un amigo. Dinero que un tipo con un nombre de sonido parecido a “Ahmed” y dos metros de espalda, gastará en mujeres de ojos sin fin para celebrar que ha vuelto a timar a esos blanquitos tan idiotas. Unos blancos tan idiotas que cuando rebajaban el precio de cualquier cosa del nivel de timo manifiesto al de una leve estafa se sentían tan orgullosos y pagados de sí mismos que repasaban cada heroico e insignificante dirham salvado para ver si la próxima vez serían capaces de repetir semejante hazaña.
Una tierra donde las bromas sobre cambiar personas por camellos corren el serio peligro de malinterpretarse, especialmente por mujeres hartas de que sus piernas se claven en el alma de lugareños poco acostumbrados a verlas al aire, aunque quizá cada vez más, y las miren babosamente con algo, a la altura de los bolsillos, que podría perfectamente ser un plátano, pero más bien parece una erección. Y que, bajo ese aspecto que a los de fuera, incultos como nadie, nos sugiere una educación deficiente, encuentras a personas perfectamente capaces de hablar, o intentarlo, en cinco idiomas diferentes y de recitar las alineaciónes de cada club de fútbol europeo y sus resultados en las ultimas diez semanas.
No, definitivamente, ninguno hemos descubierto la esencia de Marrakech, pero nos bastará con mirar a través de las nubes de humo dulzón que exhalábamos felices en nuestra terraza y soñar de nuevo todo lo vivido. Y saber que algo hemos cambiado aquello, aunque no lo sepa nadie jamás.
jueves, 10 de abril de 2008
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